Ángeles

Quiero expresar todo mi apoyo, admiración y cariño a todas aquellas personas que han sido “bendecidas” -muchos me odiarán por haber usado esta palabra- con el brillo de un ángel en casa. Todas aquellas personas que tienen a alguien de su familia con parálisis cerebral, Alzheimer, autismo, leucemia, cáncer… -QUE PALABRAS TAN TERRIBLEMENTE DURAS Y DOLOROSAS- que aprenden a ver la vida sin el egoísmo, el cinismo y la hipocresía que nos caracteriza. Que aprenden a AMAR a través de ese ser querido, que es capaz de sonreír, AMAR… Viendo el mundo desde esa mirada pura, plena de la sabiduría de “los inocentes”.
Ellos nos dan las mayores lecciones, nos hacen darnos cuenta de lo TONTOS y SUPERFICIALES que somos la mayor parte del tiempo. Sus padres y seres queridos tienen la fuerza de un titán, con sus corazones llenos de amor -siempre a punto de romperse-, viviendo cada momento, sin pararse a perder un segundo para pensar en aquel “pasado bonito” que no volverá jamás o en ese “futuro” cuya única certeza es la que todos conocemos… Para ellos, términos como “felicidad” o “belleza” han cambiado de significado, HAN ADQUIRIDO SU VERDADERO SIGNIFICADO.
Aprovecho para invitar a todos los buscadores de experiencias religiosas que -siempre quieren ver ángeles, milagros, amor universal, karma…- visiten un lugar poco común (ni iglesias, ni mezquitas, ni templos…): Una unidad de oncología infantil. Les aseguro que tendrán la experiencia religiosa de sus vidas.
También aprovecho para invitar a quienes no dejan de quejarse que la próxima vez que le den a un mendigo un céntimo “por caridad” (y para que deje de “molestarles”) que le escuchen con atención, háganlo también con enfermos terminales, con parapléjicos… Y luego vuelvan a mirar en su interior, por si todavía les quedan “quejas”. Eso sí, habrá “dudas” y dudar es bueno porque lleva a la verdadera “sabiduría” (que nada tiene que ver con el CONOCIMIENTO, sino, más bien, con la EXPERIENCIA).
GRACIAS.
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Elogio a la ociosidad (Bertrand Russell)

En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de 4 horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que en su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, serán capaces de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo.

Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no para producir agotamiento. Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán solamente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que al menos un 1% dedique el tiempo que no le consuma su trabajo profesional a tareas de algún interés público, y, puesto que no dependerá de tales tareas para ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no habrá necesidad de conformarse a las normas establecidas por los viejos eruditos. Pero no solamente en estos casos excepcionales se manifestarán las ventajas del ocio. Los hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidad de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con suspicacia. La afición a la guerra desaparecerá, en parte por la razón que antecede y en parte porque supone un largo y duro trabajo para todos. El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.

Ojalá nuestros políticos leyesen a Russell -y a tantos otros genios- de vez en cuando en lugar de dedicar su tiempo al expolio, la opresión y el engaño.

Es una pena que las llaves del paraíso las tengan siempre los filósofos y los poderosos se hagan cargo de los candados y cerrojos.